Desde hace unos años me dedico a la enseñanza de idiomas y de otras asignaturas relacionadas con las humanidades. A lo largo de este tiempo, y ante los distintos desafíos que han ido surgiendo en el entorno educativo y laboral, mi experiencia me ha demostrado que no existe un único método que se adapte a todas las personas a la hora de enseñar y aprender.
El alumnado es diverso. No todos aprende...
Desde hace unos años me dedico a la enseñanza de idiomas y de otras asignaturas relacionadas con las humanidades. A lo largo de este tiempo, y ante los distintos desafíos que han ido surgiendo en el entorno educativo y laboral, mi experiencia me ha demostrado que no existe un único método que se adapte a todas las personas a la hora de enseñar y aprender.
El alumnado es diverso. No todos aprendemos de la misma manera ni nos sentimos igualmente cómodos con las distintas destrezas que forman parte del aprendizaje de una lengua.
No obstante, existe una realidad que no podemos ignorar. Aunque haya corrientes que pretendan presentarnos el aprendizaje como un proceso liviano, en el que podemos evitar aquello que menos nos gusta —ya sea la gramática, la expresión oral o la escrita—, lo cierto es que, en algún momento, tendremos que enfrentarnos a ese escollo. La clave está en saber cómo hacerlo.
En cualquier lengua es necesario trabajar de manera equilibrada las distintas destrezas. Así se contempla también en los exámenes de certificación oficial: aprender una lengua implica practicar la comprensión oral, la comprensión escrita, la expresión oral y la expresión escrita, además de adquirir un conocimiento adecuado de su gramática y de su pronunciación.
Podríamos imaginar una lengua como una casa. La gramática sería su estructura, los pilares y el esqueleto que la sostienen. La pronunciación constituiría su parte estética, su fachada. La expresión escrita, la expresión oral y las distintas formas de comprensión serían los espacios que conforman esa casa. Cada elemento cumple una función y todos son necesarios para que el conjunto sea sólido y habitable.
En resumen, y dejando las metáforas aparte, hay que practicarlo todo.
Incluso aquellos idiomas que nos parecen imposibles porque sus reglas se alejan considerablemente de las que conocemos tienen una vía, una lógica y un razonamiento que, con tiempo y práctica, nos permiten avanzar y comunicarnos. Y cuando finalmente lo conseguimos, aparece también la satisfacción de haber alcanzado algo que, al principio, parecía imposible.
El primer paso —y quizá el más recomendable— es vaciar la mente de prejuicios y de ideas preconcebidas y abrirse al aprendizaje con la misma actitud con la que un niño descubre sus primeras palabras: con curiosidad, sin miedo a equivocarse y dispuesto a aprender.
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