Tengo 17 años y me dedico a enseñar matemáticas a niños de primaria de una manera diferente a la habitual. No soy un profesor estricto ni alguien que solo repite ejercicios del libro; intento que las matemáticas se entiendan como un juego, algo lógico y hasta divertido. Creo que una de mis mayores ventajas es que todavía recuerdo perfectamente cómo pensaba yo cuando tenía su edad, así que sé qué...
Tengo 17 años y me dedico a enseñar matemáticas a niños de primaria de una manera diferente a la habitual. No soy un profesor estricto ni alguien que solo repite ejercicios del libro; intento que las matemáticas se entiendan como un juego, algo lógico y hasta divertido. Creo que una de mis mayores ventajas es que todavía recuerdo perfectamente cómo pensaba yo cuando tenía su edad, así que sé qué partes suelen resultar confusas o aburridas. Cuando explico un tema, intento adaptarlo a su forma de ver el mundo. Por ejemplo, si estamos aprendiendo sumas o multiplicaciones, las convierto en situaciones cotidianas como repartir chuches, ganar puntos en un videojuego o formar equipos para un partido. Así les resulta mucho más fácil visualizar lo que están haciendo y no lo ven como algo abstracto. También me esfuerzo en crear un ambiente en el que puedan equivocarse sin miedo. Les explico que los errores no son un problema, sino una forma de aprender. Muchas veces incluso utilizo esos errores como ejemplos para que entiendan mejor el concepto. Me gusta ver cómo poco a poco van ganando confianza. Algunos alumnos que al principio decían que “odian las matemáticas” acaban siendo los que más participan. Eso me motiva mucho, porque siento que no solo les enseño a calcular, sino también a perder el miedo a aprender, una cosa muy importante durante el aprendizaje.
En resumen, enseño matemáticas de forma divertida porque entiendo su manera de pensar, y eso hace que las clases sean más cercanas, dinámicas y efectivas.