Jesús, cuando empecé contigo yo era de los que quieren todo para ayer. Siempre con prisa, siempre pensando que tenía que avanzar más rápido que nadie. Me desesperaba cuando algo no salía a la primera, cuando un tema llevaba más tiempo del que yo esperaba o cuando el proceso parecía más lento de lo que yo quería.
Recuerdo muchas veces llegar con esa sensación de ir tarde a todo, como si la plaza se me escapara si no corría lo suficiente. Y tú, con mucha calma, me repetías algo que al principio me costó entender: que esto no era una carrera de velocidad, sino de constancia.
Con el tiempo lo fui comprendiendo. No era cuestión de correr más, sino de mantenerse. De estudiar un día más, de volver a intentarlo cuando algo no salía, de confiar en el proceso incluso cuando la impaciencia apretaba.
Hoy tengo mi plaza, y mirando atrás me doy cuenta de que uno de los aprendizajes más importantes no fue solo el temario, sino esa forma de afrontar el camino. Me enseñaste que las cosas impor
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