No enseño solo dónde va la coma. Enseño por qué va ahí y qué cambia si la movemos. «Juan, el profesor ha llegado» y «Juan, el profesor, ha llegado» no son dos maneras de escribir lo mismo: en la primera le avisamos a Juan que llegó el profesor; en la segunda, Juan es el profesor. En esa diferencia mínima está lo que quiero transmitir en cada clase: escribir es tomar decisiones, y cada decisión di...
No enseño solo dónde va la coma. Enseño por qué va ahí y qué cambia si la movemos. «Juan, el profesor ha llegado» y «Juan, el profesor, ha llegado» no son dos maneras de escribir lo mismo: en la primera le avisamos a Juan que llegó el profesor; en la segunda, Juan es el profesor. En esa diferencia mínima está lo que quiero transmitir en cada clase: escribir es tomar decisiones, y cada decisión dice algo de quien escribe.
Mi formación une la Lingüística y la Filosofía, y eso se nota en mi forma de trabajar. No parto de reglas abstractas para memorizar, sino de textos reales: un artículo de opinión, un anuncio publicitario, el discurso de un político, la respuesta de un examen, el correo que necesitas enviar en tu trabajo. Sobre ellos te muestro cómo funciona el lenguaje: por qué una palabra elegida en lugar de otra cambia la imagen de quien habla, cómo un texto puede insinuar algo sin afirmarlo, qué oculta un eufemismo.
Así lo planteo también en mi libro, Escribir a conciencia: escribir sabiendo lo que hacemos con las palabras y lo que las palabras hacen con nosotros.
La oratoria la trabajo del mismo modo. Antes de pensar dónde mirar o qué hacer con las manos, pensamos qué queremos provocar en quien nos escucha y con qué recursos: la credibilidad de quien habla, la emoción que despierta, la solidez de sus argumentos. Es la retórica que Aristóteles sistematizó hace veinticinco siglos y que sigue funcionando en una exposición de clase, una defensa de trabajo final o una entrevista laboral.
Cada clase sigue la misma lógica: primero observamos un ejemplo concreto, después descubrimos juntos el mecanismo que lo explica y, al final, lo aplicas en tu propio texto. Cuando corrijo, no marco errores: explico decisiones. Mi objetivo es que dejes de necesitarme. Trabajo con estudiantes de ESO y Bachillerato, universitarios, adultos y profesionales.
Hay una razón de fondo para enseñar así. Quien comprende cómo funciona el lenguaje no solo escribe mejor: también lee mejor lo que otros le dicen, distingue un argumento de una manipulación y defiende sus ideas con palabras propias. Wittgenstein sostenía que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo. Ampliar esos límites es, para mí, el sentido de enseñar.
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