Me gusta enseñar. Pero no como me enseñaron a mí. Yo huyo de los sistemas tradicionales porque siento que encasillan, aburren y matan la curiosidad. Para mí, aprender no puede ser monótono ni repetitivo. Tiene que ser dinámico, vivo, creativo. Por eso, cuando enseño, rompo el esquema: juego, debato, improviso y me adapto a quien tengo al frente.
Creo que la enseñanza funciona cuando deja de ser...
Me gusta enseñar. Pero no como me enseñaron a mí. Yo huyo de los sistemas tradicionales porque siento que encasillan, aburren y matan la curiosidad. Para mí, aprender no puede ser monótono ni repetitivo. Tiene que ser dinámico, vivo, creativo. Por eso, cuando enseño, rompo el esquema: juego, debato, improviso y me adapto a quien tengo al frente.
Creo que la enseñanza funciona cuando deja de ser una clase y se vuelve una conversación. Cuando el error no se castiga sino que se usa como material para construir. Cuando cambiamos el tablero y el marcador por historias, canciones, situaciones reales. Así el aprendizaje se pega, porque tiene emoción y contexto, no solo memoria.
Me gustan mucho los idiomas. Para mí son la herramienta más poderosa que existe. No solo abren puertas en el mercado laboral, que claro que lo hacen, sino que te cambian la cabeza. Aprender otro idioma es aprender otra forma de pensar, de sentir, de ver el mundo. Es poder conectar con alguien que nació a miles de kilómetros y reírte del mismo chiste.
Por eso defiendo una enseñanza que no duerma a nadie. Quiero que mis alumnos se vayan con ganas de más, no mirando el reloj. Que entiendan que un idioma no se estudia para un examen, se vive para comunicarse. Y que aprender, si se hace bien, nunca debería sentirse como una obligación. Debería sentirse como descubrir algo nuevo de ti mismo. Eso es lo que busco cada vez que enseño algún idioma nuevo
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