He querido ser profesora desde pequeña. Siempre me fijaba en cómo mis profesores daban clase y me quedaba con un poquito de cada uno, guardando en una mochila imaginaria lo que me inspiraba y lo que no. Por eso, tras graduarme en Estudios Ingleses, decidí lanzarme de lleno al máster de educación; sentía que era el paso lógico para convertir esa vocación en mi profesión.
Mis experiencias, tanto s...
He querido ser profesora desde pequeña. Siempre me fijaba en cómo mis profesores daban clase y me quedaba con un poquito de cada uno, guardando en una mochila imaginaria lo que me inspiraba y lo que no. Por eso, tras graduarme en Estudios Ingleses, decidí lanzarme de lleno al máster de educación; sentía que era el paso lógico para convertir esa vocación en mi profesión.
Mis experiencias, tanto sufriendo los exámenes como preparando clases, me piden abogar por el eclecticismo pedagógico. Sinceramente, creo que no hay métodos mágicos ni mejores que otros; la clave no está en seguir un manual a rajatabla, sino en encontrar ese equilibrio flexible que te permite adaptarte al día a día del aula y las diferentes realidades educativas.
Asimismo, me parece fundamental la atención individualizada. Cada mente funciona de maneras impredecibles y tiene sus propios tiempos. Como docentes, nuestra misión es descifrar la mejor forma de que cada alumno adquiera el conocimiento, guiándolos sin imponer, atendiendo a sus necesidades específicas y, sobre todo, no olvidando el factor emocional. Al final, lo que nos diferencia de un ordenador o de una inteligencia artificial es esa parte humana: el saber leer una mirada de frustración o celebrar un pequeño logro. Esa conexión es la que realmente inclina la balanza y da sentido a todo lo que hacemos.
Mi objetivo es que mis alumnos no solo adquieran el idioma , sino que se lleven herramientas que les sirvan para entenderse mejor a sí mismos, a los demás y que aprendan a aprender.
Ver más
Ver menos