El Flamenco, toda una historia llena de vida

Viajeros europeos del siglo XIX quedaron prendados de las artes de las bailaoras y bailaores de la época, precursores de las formas, los fondos y las estéticas que aún perduran. La Campanera, La Macarrona, La Mejorana, Rafael Ortega, Antonio Bilbao, Pastora Imperio, La Argentina, La Argentinita, Carmen Amaya, Vicente Escudero, Faíco, Antonio, Antonio Gades… son sólo algunos de los nombres que hicieron grande el arte de la danza jonda. Y no deben caer en el olvido.

La antigua flamencología arrancaba siempre sus cavilaciones sobre los orígenes del flamenco con un pasaje de Marcial en el que loaba a las ‘puellae gaditanae’, las sensuales jóvenes gaditanas que danzaban al son de sus crótalos. Pero desde aquellos tiempos de la antigua Roma habrá que esperar muchos siglos hasta que nazca el baile flamenco. En la fijación de las formas flamencas interviene la escuela bolera, creada en el siglo XVIII a partir de la academización de antiguos bailes populares como panaderos, zapateados, oles, boleros, seguidillas, fandangos, jaleos de Jerez, malagueñas, el vito o la cachucha. Y las fronteras entre esas danzas populares y las que son propiamente flamencas son bastante difusas.

En los testimonios de los viajeros románticos, ya en el siglo XIX, se describen, a veces muy pormenorizadamente. En 1831 el malagueño Serafín Estébanez Calderón describía en ‘Escenas andaluzas’ un baile en un patio de Triana. Y allí dice que se bailaban seguidillas y caleseras. Uno de los pasajes de su crónica dice así: “Las hileras de gitanillas y muchas bailantes y cantadoras que se agolpaban en su derredor con palillos entre los dedos, con muchas flores en la cabeza, el canto y la sonrisa en los labios, el primor de la danza en los pies”. El viajero francés Charles Davillier escribió con detalle sobre los bailes que presenció en tierras andaluzas, muchos de ellos en esos primitivos escenarios de la danza flamenca de entonces que eran los bailes de candil en los patios de vecinos, las trastiendas de las botillerías y las cuevas del Sacromonte granadino. Y su compañero Gustave Doré lo dibujó.

Aunque la internacionalización del baile flamenco venía ya de antiguo. Desde el siglo XIX hay documentos que informan de las actuaciones en distintos puntos del globo de bailaores y bailaoras. La Macarrona actuaba en Berlín en 1895. Antonia Mercé, La Argentina, ya había recorrido en 1914 países como Francia, Gran Bretaña y Rusia. La compañía de ballets rusos de Serge Davillier se llevaba consigo a Londres en 1915 a Félix el Loco para que montara piezas de aire español. Según recoge el investigador José Luis Ortiz Nuevo en el libro ‘Mi gustar flamenco very good’, quizás fue en 1879 cuando comenzara la exportación del baile flamenco: “Y fue en París, en el Hipódromo de París, donde se celebró una fabulosa fiesta española para recaudar fondos a beneficio de los pobres damnificados (de inundaciones en Murcia y Almería): Y fue en esa fiesta, pudo ser en ella que se presentase, por su primera vez, el flamenco en la ciudad de París”.

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