Los maestros de vocación en la época del ordenador

Desde que comencé a trabajar dando mis clases de Matemáticas, traté de emplear los mejores recursos a mi alcance, para logar llegar a mi auditorio con la mayor efectividad de la que fuera capaz.

En aquellos años se requería mucho esfuerzo para hacer las investigaciones que me permitieran crear material novedoso y atractivo.

Imagínense lidiar con las computadoras de aquella época que tardaban un horror en encenderse y en cualquier momento te ponían un apantalla azul –¡Si, en serio! - y se quedaban así, hasta reiniciarlas.

Recuerdo una de las primeras computadoras que llego a Lima-Perú, mi ciudad, allá por la década de los 80 del siglo pasado. Yo era un completo fan de la computación y fue como un sueño ver las cajas que dejaron en la casa de uno de mis mejores amigos. Lo terrible fue que no podíamos encenderla, porque en esa época tenia que venir un técnico calificado para hacer el cableado y las instalaciones básicas.

No sé cómo logramos que el confiado padre de mi querido amigo nos permitiera hacer las conexiones por nosotros mismos. Imagínense un grupito de mocosos peludos tratando de adivinar donde colocar cada enchufe, sin tener la menor idea de lo que estábamos haciendo. Al final, después de mucha deducción, logramos tener todo listo y me tocó encender todo aquel embrollo, ya que había sido el más entusiasta y me había ganado -merecidamente- tal honor.

El mundo cambió para todos los que estábamos presentes, atónitos, contemplando aquella maravilla y observando cómo iba cobrando vida. Vimos como las luces parpadeantes ¡Se iban encendiendo! Pero, poco nos duró esa dulce emoción porque a los 2 o 3 segundos se oyó una terrible explosión y un olor a muerte llenó el pequeño ambiente de la casa.

Nos miramos asustados por un buen rato y poco a poco nos dimos cuenta de nuestro terrible error. En aquellos primitivos años todavía se usaban dos tipos de corriente alterna en casi todo el mundo: de 110 voltios y de 220 voltios. Había una pequeña cajita (transformador) que dejamos de lado en nuestra emoción y la pobre pantalla se había asado literalmente, frente a nuestros ojos.

Imaginen la humillación y la vergüenza en mi cara. Sería tan triste, que el generoso dueño del oloroso artilugio calcinado nos perdonó casi de inmediato. Y lo mejor de todo fue que la cosa no paso a mayores, pues la sacrificada pantalla pudo ser reemplazada y al poco tiempo estuvimos frente a una de las primeras computadoras personales del mundo.

Si, esa que se encendía a velocidad de tortuga y se colgaba casi por costumbre. Pero igual la amábamos y la cuidamos. Aun ahora pienso que fue mía, aunque solo me la prestaban por ratos en la casa de mi amigo.

Ahora he visto pasar tantas maravillas. Escribo esto desde la comodidad de mi cuarto, en la nube, con todo el ancho mundo de internet a mi alcance y todas las gollerías que sé que no merezco, pero acepto agradecidamente.

Y uso todo este poder al servicio de mi pasión de toda la vida: La enseñanza.

He llegado a pensar que no es solo un trabajo que realizo para ganarme la vida honrada y sacrificadamente, como lo hacemos todos los maestros del mundo, sino una especie de liturgia de adoración, en la que soy el oficiante y mis alumnos los fieles, sin saberlo ellos. El aula, aunque sea virtual en estos tiempos, se convierte en un pulpito sacrílego, donde hago mis sacrificios ultramodernos, al buen Dios del conocimiento.

Ojalá vengan tiempos mejores y el mundo conozca cada vez más el recto camino que abrimos los maestros, para el bien del planeta mismo y de toda la -ojalá también dichosa- humanidad.

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