La interacción del profesor con los padres (I)

He de confesar que, conforme pasan los años, me vuelvo más crítico con las opiniones de los demás. Es decir, sigo escuchándolas y trato de cumplir en lo posible las peticiones que se me hacen, pero cuando me doy cuenta de que alguien no sabe lo que está diciendo o bien no sabe lo que quiere, en lugar de agachar la cabeza y acatar sus órdenes (normalmente a sabiendas de que eso va a terminar en una consecuencia indeseada), trato de hacerle comprender en qué se equivoca, porqué lo hace y le expongo las razones que me llevan a aconsejar otra forma de proceder.

Bueno, diréis... ¿no es eso lo que se supone que se debería hacer siempre? Sí, evidentemente. Pero uno, antes de fraile le ha tocado ser monaguillo, y por eso sé que muchas veces un profesor particular, joven, con poca experiencia, no tiene más remedio que aceptar métodos de trabajo, horarios y otros condicionantes sin opción a discutir su idoneidad. Siendo uno estudiante aún, y por tanto muy joven, recuerdo que me costaba convencer a algunos padres de que tal o cual forma de hacer las cosas no era la más adecuada. En esas circunstancias, el profesor particular es siempre el último mono y sus opiniones no suelen ser escuchadas por progenitores que saben mucho de enseñanza (no es raro darle clases particulares a hijos de maestros o titulados universitarios) y tienen sus propios criterios sobre cómo deben hacerse las cosas.

¿Significa eso que las peticiones o condiciones de los padres son siempre absurdas o inviables? Por supuesto que no. Por suerte, puedo decir que en mis largos años de profesor particular siempre he encontrado más padres con sentido común y que tenían una idea muy sensata de cómo hacer la mayoría de las cosas que no lo contrario. En general, el profesor particular ha de apoyarse en la familia si quiere que su trabajo llegue a buen puerto.

Aproximadamente un 50 % de los alumnos que nos llegan a nosotros, a los profesores particulares, tienen algún tipo de trastorno del aprendizaje. Algunos requieren atención especializada ya que presentan diversos tipos de trastornos que así lo aconsejan. No se puede tratar de cualquier manera a un alumno con TDAH, por ejemplo, y eso requiere un profesor que tenga conocimientos de cómo manejar a estos alumnos. Otros necesitan más seguridad en sí mismos, aprender a controlar los nervios en los exámenes... Incluso he llegado a tener que atender a alumnos superdotados que se aburrían en clase y necesitaban un estímulo adicional, con más información y adelantando materia para motivarlos y darles así lo que en clase no era posible. Como digo, todo eso, sin la ayuda de la familia no se puede hacer bien.

Ahora bien, de vez en cuando sí que he recibido peticiones que considero poco afortunadas y que he tratado de resolver exponiendo mis puntos de vista. Quisiera citar algunos casos a modo de ejemplo...

(1) Alumno que ha suspendido una asignatura en junio y que se debe presentar en septiembre. O bien lo mismo, pero le ha quedado un trimestre o dos y ha de hacer el global en mayo o junio. Los padres le buscan un profesor particular para ayudarlo a preparar el examen. Supongamos que estamos hablando de matemáticas de primero de bachillerato... El profesor queda con la familia, hablan de como organizar las clases y resulta que le piden que haga sesiones de tres horas de clase, dos veces a la semana.

¿Cual es el problema? Básicamente, que hacer tres horas seguidas de clase es una barbaridad. No estamos hablando de hacer dos o tres asignaturas, de grados distintos de dificultad, con un recreo para el bocadillo en medio... No. Estamos hablando de tres horas de matemáticas ya de cierto nivel, con ejercicios que requieren un grado de abstracción y de capacidad analítica que ya empieza a ser considerable y que, además, el alumno no puede distraerse o relajarse, dejando que un compañero acapare la atención del profesor mientras él se toma un respiro. Cuando se es el único alumno, TODA la atención está sobre uno mismo y el tiempo pasa muy lentamente (esa es la idea de las clases particulares, claro está: enseñanza intensiva y hecha a medida del alumno).

La experiencia y la técnica del maestro pueden introducir elementos en la sesión de clase que relajen la atención del alumno y eviten que se canse antes de tiempo, pero aún así resulta muy difícil aguantar tanto tiempo con un nivel de atención suficiente como para que cunda el trabajo.

Después de muchos años de pelearme (en sentido figurado, por supuesto) con infinidad de padres y, a veces, de alumnos, he llegado a la conclusión que una sesión de clase ideal no debe sobrepasar una hora si el alumno es de Primaria, oscila entre la hora y la hora y media para alumnos adolescentes que cursen ESO o bachillerato, pudiéndose alargar hasta las dos horas cuando el alumno lo permita, bien porque tiene mucho interés en tomarse en serio las clases y de verdad esté trabajando la asignatura, bien porque su grado de madurez y/o la habilidad del profesor en introducir pequeños momentos de relajo lo hagan viable.

A partir de la segunda hora de clase, el nivel de concentración de un alumno medio cae en picado. Al menos en asignaturas como las matemáticas, física o química, que requieren mucha atención. Sólo en alumnos adultos puede ser interesante alargar tanto las sesiones de clase si no hay otro remedio para poder cumplir los objetivos previstos.

Además, al menos en ciencias, es necesario un tiempo de maduración de los conceptos; hay que permitir que el alumno los asimile a base de hacer ejercicios por su cuenta, que es cuando salen las dudas, y se enfrente él solo a las dificultades. Siempre se obtienen mejores resultados si se hace una hora de clase y el alumno dedica dos al estudio él solo que no al revés.

Por lo tanto, cuando hablo con los padres, una de las primeras cosas que les explico es lo que he dicho aquí: no por hacer doscientas horas de clase se va a avanzar más que si se hacen sólo cien pero de forma más razonable. Y las sesiones maratonianas van bien para el bolsillo del profesor, que gana más dinero en una única sesión de clase, pero no generan un rendimiento proporcional al esfuerzo.

(2) Siempre han habido anuncios del tipo que ahora comentaré, pero últimamente, como ya he dicho antes, estoy más crítico con ellos y he de decir que me molestan sobremanera. Quiero referirme a los anuncios del tipo “Busco profesora de matemáticas para mi hija que estudia ...”. Es cierto que, en general, la sociedad es muy sexista y las mujeres están siempre discriminadas en todos lo ámbitos. La mayoría de las veces, a igual trabajo no tienen el mismo sueldo o para optar a ocupar un puesto determinado han de ser cien veces mejores que cualquier competidor masculino. Así que encontrarme con alguien que hace discriminación positiva a favor de ellas no debería ser una tragedia. Pero mucho me temo que este tipo de anuncios van por otros senderos...

Todos sabemos que la adolescencia es una edad complicada y yo también soy padre de dos chicas, una en plena adolescencia y la otra estrenando su mayoría de edad y por lo tanto soy consciente de la preocupación de los padres que se enfrentan al tener que buscar una persona de confianza, profesional y que se comporte como se espera de un docente. Pero no puedo evitar el sentir que están atacando mi profesionalidad y que me están insultando cuando ni siquiera abren mi mensaje cada vez que respondo un anuncio así, ofreciendo mis servicios, simplemente porque soy un hombre.

No hace mucho escribí a una persona que buscaba una profesora de matemáticas y no pude evitar el preguntarle si es que existían unas matemáticas distintas para hombres y para mujeres. Yo, cuando doy clase a un alumno, no me fijo si es alto o bajo, hombre o mujer, feo o guapo. Es un alumno, una persona que necesita aprender algo que yo sé y merece por ello toda mi ayuda, toda mi atención y (debería ser innecesario decirlo) todo mi respeto. Y no puedo evitar sentirme atacado cuando se pone en duda alguna de estas cosas con anuncios como el mencionado.

(3) Otro punto que no quiero dejar de mencionar es el de los milagros...

Consideremos el caso de un adolescente que se ha pasado todo el curso rascándose la barriga (por usar un lenguaje no demasiado soez) en cierta asignatura. Estamos hablando a veces de más de cien horas de clase.

Los padres le buscan un profesor particular que le ayude en verano a estudiar esa asignatura con el objetivo de aprobar en septiembre. ¿Ningún problema, no?

Pues bien, sí que hay uno: normalmente, son raros los padres que no piden que hagas milagros. Como las clases particulares suponen un esfuerzo económico para muchas familias, el alumno se va de vacaciones en julio y primeras semanas de agosto y te viene a escasos diez días del examen con la pretensión de que en ese tiempo le ayudes a estudiar lo que no ha sido capaz de aprender durante todo el curso. Es decir, hay que enseñar en unas siete u ocho horas de clase lo que no han aprendido en cien.

Y aún así, normalmente, se puede hacer ese milagro si el alumno está por la labor. Es decir, si el alumno colabora, hace el trabajo que se le pide y dedica un número adecuado de horas al estudio por su cuenta, a veces conseguimos que apruebe.

¿Qué sería lo ideal? Espaciar más las clases. Hacer sesiones más cortas pero más espaciadas en el tiempo, con periodos entre clase y clase en los que el alumno trabaje lo aprendido en cada sesión y si es necesario consultando dudas puntuales a través de WhatsApp o de Skype. Si las familias se mentalizasen que es mejor trabajar un poco cada día durante todo el verano que no dedicar un montón de horas la última semana, los resultados generales mejorarían espectacularmente en las asignaturas científicas.

¿Por qué? Bueno, ya lo he apuntado más arriba: las asignaturas como matemáticas o física requieren un tiempo de maduración y de asimilación de los conceptos. Hay que hacer muchos ejercicios (tantos más cuanto menos se domine la asignatura o más le cueste al alumno comprenderla) tanto guiados por el profesor como solos. Y eso no puede hacerse de una semana para la siguiente.

Todo el mundo está de acuerdo que es imposible aprender inglés en diez días. El inglés, como cualquier idioma, se asimila a base de practicar, de sumergirse en él: hay que leer, traducir, oir, ver películas, escribir... Y eso no puede hacerse en diez días.

Pues bien, hay que asumir que las matemáticas son un idioma. Es el idioma de las ciencias. Y como tal idioma, requiere un tiempo de aprendizaje que no se resuelve memorizando unos pocos textos en dos o tres noches de estudio. Eso puede hacerse con un examen de historia, o de biología... pero no con uno de física o de mates.

(4) Otro gran tema que tarde o temprano hay que tratar con la familia es el de las nuevas tecnologías. Aquí me he encontrado con todos los extremos posibles. He tenido alumnos que sus padres no saben cómo controlar y que prácticamente viven con los dedos pegados al móvil, permanentemente subiendo fotos, dando likes, compartiendo comentarios, leyendo y respondiendo mensajes... y un largo etcétera de distracciones virtuales. Y también he tenido el extremo opuesto: alumnos que ven complicado incluso el estudiar porque sus padres les han restringido el uso de Internet y ni siquiera pueden consultar la Wikipedia para hacer un trabajo.

Y como siempre, mi respuesta es que ni tanto, ni tan poco. En el equilibrio está la sabiduría. Es malo permitir que la vida virtual absorba todo nuestro tiempo y nos convierta en esclavos de los dispositivos tecnológicos, pero también es malo aferrarnos al siglo XIX, intentando crear una burbuja alrededor de nuestros hijos y evitando todo contacto con la realidad.

La mejor forma de protegerles, creo yo, no es prohibiéndoles salir a la calle por miedo a que los atropellen, sino enseñándoles a circular correctamente por las aceras y a cruzar por los pasos de peatones o los semáforos.

Con Internet ocurre lo mismo. La solución no es prohibírselo por miedo a que vean páginas que no deben, sino educarlos de forma que ellos mismos sepan cómo deben actuar y que esas cosas, superada la curiosidad lógica de los niños, dejen de ser una amenaza. Lo que siempre debemos evitar son los excesos.

El problema con el que más veces me estoy enfrentando es que, la mayoría de las veces, los padres no saben cómo actuar porque las nuevas tecnologías los superan. Sus hijos saben mucho más que ellos y los padres carecen de recursos para controlar y saber qué están haciendo. Eso genera dudas, desconfianza, falta de entendimiento... Nada que no haya existido siempre entre una generación y la siguiente, pero adaptado a los tiempos que nos ha tocado vivir.

¿Qué aconsejo en estos casos? Bueno, antes ya lo he apuntado: equilibrio. Hay que enseñar a nuestros hijos a saber repartir el tiempo entre todas las cosas. Hay que estudiar cuando toca y hay que saber pasárselo bien cuando es el momento. Si somos capaces de enseñar la gestión correcta del tiempo a nuestros hijos, ellos descubrirán que tienen tiempo para hacerlo todo y que sus años de estudiante pueden ser los mejores de su vida, como muchos recordamos que lo fueron para nosotros mismos.

Seguramente me he dejado en el tintero (virtual, como no) muchos otros temas que surgen con las familias cuando uno se dedica a dar clases particulares. Por eso he numerado este post como el primero, ya que tengo la intención de añadir algun otro más adelante. De momento, por esta vez ya es suficiente...

Hasta la próxima.

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Imagen: ©Robert Tracy - Multiplying (modificada).

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