Reflexiones sobre por qué aprender a tocar un instrumento creando desde el principio

Imagina que cada vez que hablaras estuvieras reproduciendo frases que te has aprendido de memoria, ¿cómo se sentiría eso? Pues no muy agradablemente, supongo que estarás pensando, porque cuando nos preguntan algo y nos dicen que demos una opinión, lo lógico es que nos guste sentir que buceamos en nuestra mente para buscar cuáles son las palabras que con mayor capacidad van a expresar esa opinión sobre ese algo.

Bueno, pues cuando se trata de tocar un instrumento, o sea, hablar a traves de otro lenguaje, pero, al fin y al cabo, hablar, expresar y comunicar, deberíamos sentir lo mismo y deberíamos ser animados a dar nuestra opinión a través del lenguaje musical y no a reproducir patrones que nos han enseñado que quedan bien uno tras otro o con este o ese ritmo. Por supuesto, así como en todas las lenguas, hay unas normas intrínsecas al propio lenguaje que articulan su expresión para que esta sea coherente y común a todos, de manera que si yo te comunico algo mediante el lenguaje hablado existe una jerarquía que estable unas funciones y relaciones que permiten que ese mensaje pueda ser descifrado fácilmente por, precisamente, la convención acerca de esas normas, porque, cada lengua tiene las suyas, claro (aunque parecidas, únicas a su vez).

En la música el tema es parecido, aunque yo diría que más flexible: existen unas normas que van a generar mensajes más accesibles, pero estas pueden ser violadas sin desarmar por completo el mensaje, al contrario de lo que ocurriría si yo dijera, por ejemplo: azul casa mia yo. En música puedo enviar un mensaje que, puede sonar más o menos disonante, ser ejecutado a través de figuras rítmicas más o menos complejas, que todo al final va a depender del que emite y del que recibe: el juicio final es de ambos: del que emite en tanto en cuanto quiera ser más accesible o más ortodoxo y del que recibe en función de lo que considere agradable o interesante, o lo contrario. Y es precisamente esta flexibilidad la que nos ha de hacer sentir cómodos a la hora de expresar cualquier cosa en música: no son tanto las normas (aunque no sean solo normas y estén presentes en la propia naturaleza como indica la serie armónica, por ejemplo) que establecen los tratados de armonía, sino qué es lo que gusta y no gusta a cada cual.

Desde mi punto de vista, por lo tanto, es imprescindible aprovechar esta flexibilidad que nos brinda la subjetividad para, desde el principio, empezar a modelar el discurso de cada uno en lo que se refiere a la expresión musical, porque si no, lo que pasa es que nos encontramos ejemplos de músicos unos tras otros usando los mismos recursos de las mismas maneras porque se supone que es lo correcto y es lo mejor (¿quién dice qué es mejor o peor?). ¿Cuál es el procedimiento a seguir? Pues el que sería el mismo si de verdad quieres llegar expresar las que serían tus propias ideas: introspección; o sea, análisis de cómo se sienten las interacciones con las diferentes opiniones y opciones que nos brinda el entorno, y otras que no sean tan accesibles pero que sean posibles, para tener el espectro más amplio posible y así reconocer qué es lo que más encaja con uno mismo (y esto, claro, variará con el tiempo, porque como seres dinámicos, estamos en constante cambio, y por eso, este proceso ha de estar activo en la mayor medida y hacerse consciente). Así que, a la hora de coger un instrumento y ponerse a la tarea, es importante conocer, por supuesto, las jerarquías que operan en una escala dada, y cuáles serían las posibles modulaciones más afines por cercanía, pero, una vez sabido esto, estar dispuesto a cualquier cosa porque cualquier cosa tiene cabida siempre y cuando tú se la quieras dar.

Otra cosa, claro está, es que otros y otras la acepten desde la posición de receptor, para lo que, primero habría de incentivarse esa apertura (ya lo decía Zappa: "La mente es como un paracaídas: no funciona hasta que no se abre") y después pues tiene que casar con la apertura de cada cual. Vamos, que son muchos factores. Y claro, esto último pensando en que se le quisiera dar salida mercantil al producto musical en cuestión, cosa que, no ha de ser el fin final ni por asomo. De hecho, esta meta tiene que estar fuera de la cabeza cuando se trata de crear, para así sentirse lo más liberado posible en el proceso.

Entonces, sí, hay estructuras físicas que generan unas normas dentro de la música y que se han traducido a tratados musicales, pero éstas siempre pueden ser revisadas y, de hecho, han de serlo (siempre con respeto). Por otro lado, esta revisión puede llevar a la locura por la técnica y el enrevesamiento (como pasa a veces en el jazz, esa devocion extrema por el dominio y la muestra constante de todos los recursos conocidos), y no es este el mensaje que quiero transmitir, sino que, dado un escenario, las posibilidades han de ser infinitas, pero no significando esto que tienen que ser más complejas. Y es que ya se sabe: no por ser algo más complejo es más bello o más perfecto.

Así que, dirigiendo toda esta perorata al aprendizaje de un instrumento, lo suyo es, por todo lo dicho, abordar todas las situaciones posibles con la mayor apertura posible en lo que se refiere a todos los elementos implicados, o sea, ritmo, armonía y, muy importante, sonido (no todo es la teoría musical) y empezar, desde el principio, a buscar la voz que pertenece a cada uno a través de ese proceso de introspección que te llevará al reconocimiento de lo que tú identificas como propio y no ajeno, y para esto, lo mejor es evitar la mímesis de lo que hacen otros (que no despreciar su influencia) y buscar; ese es el tema: buscar para reconocer.

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